IVº Domingo de Cuaresma, 22 de marzo de 2009

viernes, 20 de marzo de 2009
Nuestro camino: la luz de Dios
“El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas”

Iº lectura: II Cro 36,14-16.19-23; Salmo: 136; IIº lectura: Ef 2,4-10; Evangelio: Jn 3,14-21


El tema de las lecturas en este domingo se podría sintetizar así: “la luz vino al mundo”. A ella corresponde la fe, la actitud de la vida que se renueva no por obra nuestra, sino por el don de Dios. En la primera lectura el amor de Dios se sirve también de los eventos históricos para mostrar al pueblo su fidelidad. También la segunda lectura subraya la misericordia y el amor de Dios: somos obra de sus manos. En el Evangelio la acción salvífica tiene como protagonista al mismo Jesús. Es Nicodemo el símbolo del hombre salvado. Él intuye que Jesús es la luz que puede iluminar a los hombres. Nosotros, como Nicodemo, como el pueblo de la antigua alianza, estamos en la noche…

Jesús es el don que Dios nos da…

Si estamos en la noche es porque presumimos poder hacer las cosas sin Dios; estamos en la noche cuando vivimos en la idolatría, cuando la vida nos sucumbir con tristezas y desgracias, las cuales inmediatamente las atribuimos a Dios, cuando excluimos a quienes no piensan como nosotros, cuando el egoísmo invade nuestro corazón. Jesús es el don que tenemos por parte de Dios. Él es la luz que vino a iluminar las noches de nuestras vidas. Quien cree en Él se salvará. El mal gracias a la muerte y resurrección de Jesús, no vencerá ni nos hará daño, por lo que debemos creer y alimentar en la oración nuestra fe. Ella nos hará sentir en comunión con el maestro y con todos nuestros hermanos que participan ya en la comunión de los santos. La luz es la guía de nuestro camino, es lo que hace menguar la oscuridad que nos aleja de Dios y no nos permite avanzar en la vida espiritual. Cada día es una ocasión propicia para tener detalles de amor con Dios a través de nuestra vida espiritual. Ello conlleva a tener una predilección especial por los pobres y excluidos, por aquellos que viven en la oscuridad, por todos y cada uno de los hombres y mujeres que buscan justicia, pero que en muchos casos se nos olvidan dejándolos de lado por atender otras cosas e intereses. Sigamos la luz de Dios, vivamos en nuestra familia y comunidad el deseo de caminar siguiendo la luz que Él nos da, solidarizándonos con los que necesitan amor, paz y tranquilidad.María, una luz en nuestro caminoMaría Santísima es la madre de la luz y, a la vez, es luz que guía nuestro camino, nuestra vida, nuestro corazón. Acudamos fielmente a ella y a través de su amor, sigamos esa luz que nos viene de Dios para ser reflejo de su vida en nuestros hermanos. Así sea.
P. José Lucio León Duque

IIIº Domingo de Cuaresma,15 de marzo de 2009

viernes, 13 de marzo de 2009
La casa de Dios es nuestra casa…

Iº lectura: Ex 20,1-17; Salmo: 18; IIº lectura: Icor 1,22-25; Evangelio: Jn 2,13-25

La renovación de la vida pasa a través de la recepción de los sacramentos y la experiencia en el Señor. En esta perspectiva se nos presenta una oración propicia para este día: “danos la Sabiduría de la cruz”. La primera lectura nos recuerda la alianza de Dios con Moisés y el pueblo, alianza que nos compromete y nos ayuda a permanecer fieles al pacto. En el Nuevo Testamento la Ley de Dios no se nos quita, sino que se lleva a cumplimiento y plenitud. En la segunda lectura, San Pablo nos anuncia que la nueva ley es Cristo, crucificado por los hombres y revelado como fuerza y sabiduría de Dios. El Evangelio nos deja claro los tiempos nuevos que estamos llamados a vivir. Se nos recuerda la importancia de cuidar el Templo, haciendo de él un lugar propicio para relacionarnos con Dios y con nuestros hermanos, sin convertirlo en otra cosa que nos aleje de Dios.

Palabras de vida, templo de Dios…
El “decálogo” va observado con una delimitación clara: representa a Dios, es su misma palabra que viene entregada a Moisés. El decálogo se destina a todos los hombres para ser cumplido, tener conciencia de nuestra condición y cómo debe ser puesto en práctica. En la medida que el discípulo de Jesús cumple con su misión, se nos recuerda que ella es la vía a seguir sin excepción. En Cristo crucificado, San Pablo nos muestra lo que el cristiano debe sentir y vivir según lo pre-establecido por Dios y San Juan muestra el sentido profundo del Templo y lo que Jesús nos quiere demostrar a través de ello. Cada cristiano debe cultivar el sentido de pertenencia a la Iglesia, tanto al Templo como al pueblo santo de Dios del cual se forma parte. Una de las cosas que se deben promover es el cuidado de las edificaciones, mantener la dignidad y el decoro de las mismas, así como el deseo de orar incesantemente para ser cristianos practicantes y no solo de palabra. Es necesario inculcar en los fieles el hecho mismo de ser parte de la Iglesia, a través de la experiencia de vivir en ella, manteniendo ante todo el deseo de progresar y extender el mensaje del Evangelio de la verdad. El culto que se da a Dios necesita un lugar y en este día, Jesús nos enseña que cada corazón es templo y de allí podemos dar culto en el templo material. Nosotros predicamos un Cristo crucificado y resucitado, y es Él quien hace un gesto de liberación, pidiendo con autoridad dejar la Casa de su Padre para la oración, sin convertirla en un mercado…esa enseñanza es lo que nosotros debemos transmitir y vivir como catequesis cotidiana, manifestada en detalles de amor a través de obras de caridad hacia Dios, hacia nuestro prójimo -sin exclusión- y hacia nosotros mismos.

María, madre y maestra de oración
Nuestra Madre del Cielo nos enseña a ser perseverantes en la oración. Ella misma, siendo sagrario de Dios, nos da ejemplo de dignidad, respeto y vida espiritual ante la presencia de Él en nuestra vida. Sigamos su testimonio y hagamos de nuestra vida, templos vivos decididos a proclamar la Palabra de Dios como testigos fieles de la Misión que tenemos como cristianos. Así sea.

Comprometámonos como discípulos de Jesús a atraer más fieles a nuestros templos. Llevemos el Evangelio a todos y anunciemos sin temor la Palabra de Vida que Dios nos da. La Iglesia nos espera, no lleguemos solos ni con las manos vacías…

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

IIº Domingo de Cuaresma, 8 de marzo de 2009

viernes, 6 de marzo de 2009
Escuchemos al Hijo predilecto…
“Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?”

Iº lectura: Gen 22,1-2.9-13.15-18; Salmo: 115; IIº lectura: Rom 8, 31b-34
Evangelio: Marcos 9, 2-10


Escuchar a Jesús, el hijo predilecto: es la invitación que Dios dirige hoy a los creyentes. Representa en cierto modo el tema que la liturgia nos regala y propone. La primera lectura nos presenta un ejemplo del creyente capaz de escuchar la voz de Dios. En la figura de Abraham, encontramos el modelo de nuestra fe. Ella se apoya en el don que Dios nos ha dado. En la segunda lectura San Pablo nos recuerda que a través de Jesús, Dios está de nuestra parte y es la vía a seguir.

Confianza plena en Dios
Partiendo de la figura de Abraham, símbolo de un pueblo aliado con Dios, podemos constatar la importancia de fiarnos totalmente a su Palabra. Esta palabra se ha revelado en plenitud en la persona de Jesucristo. Él es nuestra vida, la sabiduría, la lámpara que Dios ha colocado para guiar nuestros pasos, la luz para nuestros días, la estrella de cada mañana que nos acompañará a la transfiguración total en luz plena de la mañana sin ocaso. Es por ello que con Él debemos hablar, escucharle, dialogar en la oración y a partir de allí, podemos seguir un itinerario en el cual cada uno de nosotros tiene la misión de verificar la centralidad de la Palabra de Dios en la propia vida. Esto nos ayudará a tomar conciencia de las propuestas que cada día surgen en el corazón de hombres y mujeres que necesitan dialogar con Dios para obtener una respuesta. Jesús se manifiesta, se presenta en su magnificencia y se hace presente con humildad y sencillez en el alma de todo aquel que da su disponibilidad a la conversión. Este domingo, especial para todos, nos da la posibilidad de ver en Jesús la fuente de la que brota la confianza que debemos tener en Dios, la esperanza de la presencia continua del Espíritu y la certeza de poder transmitir el mensaje del Evangelio a todos y en todas partes.

María, madre de luz
El camino hacia la pasión, muerte y resurrección de Jesús, se ve acompañado por nuestra madre del Cielo. Es necesario dejarnos amar y proteger por ella. Seamos buenos hijos e invoquemos siempre su maternal protección. Así sea.

Encomendamos a los corazones de Jesús y de María, el ministerio episcopal de Mons. Jorge Aníbal Quintero, obispo de Margarita. El Espíritu Santo guie sus pasos y le de sabiduría en cada momento de su vida.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

VIIº Domingo del Tiempo Ordinario, 22 de febrero de 2009

viernes, 20 de febrero de 2009
“Contigo hablo: levántate”
“Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: Nunca hemos visto una cosa igual.”

Iº lectura: Is 43,18-19.21-22.24b-25; Salmo: 40; IIº lectura: II Cor 11,18-22; Evangelio: Mc 2,1-12

Dios tiene proyectos nuevos para cada uno de nosotros, es por ello que si miramos atrás, que sea para recordar las cosas buenas, los momentos agradables y la esperanza que nos ayuda a caminar en su nombre. La presencia del cristiano no sólo en el concepto, sino en la vida misma del hombre, es garantía de la mirada de Dios para con nosotros y de nosotros, hacia el futuro, para con los demás, en especial con los pobres y excluidos. De ahí, que el testimonio en nombre de Dios, es fundamental para que la palabra que se transmite sea coherente con lo que Dios mismo nos da.

“¿Por qué piensan eso?”
En muchos episodios en los que Jesús realiza signos prodigiosos, se presentan personas que juzgan las acciones del maestro. Son juicios que van en contra de lo que puede pensar quien se maravilla por la benevolencia que el acto presenta, y por tanto atraen la atención de Jesús. Él mismo les pregunta: “¿por qué piensan eso?”. Pregunta que hace a cada momento ante la actitud poco coherente que se muestra a cada instante en muchos corazones. Lo que hace Jesús no es para que los demás piensen bien o no; no es un espectáculo para que todos se admiren; no es la magia liberadora que otros puedan pensar… ¡es la acción misma de Dios que se hace presente en las circunstancias cotidianas de la vida del hombre!. Hoy día son muchos los paralíticos que se presentan ante Jesús; son muchos los que ayudan a llevar a Jesús a aquellos que lo necesitan; son muchos los que creen que esa acción es liberación y no presentan signos de exclusión ni de rechazo. La condición social no es requisito para Jesús, Él recibe a todos, para Él no es necesario ser rico o pobre, para Él todos somos iguales. La curación del paralítico nos enseña en primer lugar que debemos hacer todo lo posible por llegar a Jesús, en segundo lugar confiar en su palabra y dejarnos liberar por Él y por último, ser testigos de la acción de Dios en nuestras vidas, ya que Él nos perdona, nos cura y nos guía por caminos de paz y verdad.

María Santísima, camino hacia Jesús
Nuestra Madre del cielo es protagonista fundamental en la edificación de la Iglesia. Ella es quien nos lleva de la mano a Jesús para que, junto a toda la Iglesia, podamos ser testigos de la acción misericordiosa de Dios. Es la ocasión para colocar en sus manos amorosas todos y cada uno de los miembros de la Iglesia: el Santo Padre Benedicto XVI, el obispo, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y todo el pueblo santo de Dios. Que sea ella la luz que guía nuestro caminar y nos conduzca siempre por las vías de la paz, la justicia y la solidaridad. Así sea.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

Benedicto XVI, Cuaresma 2009

jueves, 19 de febrero de 2009
MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI PARA LA CUARESMA 2009

"Jesús, después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre" (Mt 4,2)
Queridos hermanos y hermanas!
Al comenzar la Cuaresma, un tiempo que constituye un camino de preparación espiritual más intenso, la Liturgia nos vuelve a proponer tres prácticas penitenciales a las que la tradición bíblica cristiana confiere un gran valor —la oración, el ayuno y la limosna— para disponernos a celebrar mejor la Pascua y, de este modo, hacer experiencia del poder de Dios que, como escucharemos en la Vigilia pascual, “ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos” (Pregón pascual). En mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, este año deseo detenerme a reflexionar especialmente sobre el valor y el sentido del ayuno. En efecto, la Cuaresma nos recuerda los cuarenta días de ayuno que el Señor vivió en el desierto antes de emprender su misión pública. Leemos en el Evangelio: “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre” (Mt 4,1-2). Al igual que Moisés antes de recibir las Tablas de la Ley (cfr. Ex 34, 8), o que Elías antes de encontrar al Señor en el monte Horeb (cfr. 1R 19,8), Jesús orando y ayunando se preparó a su misión, cuyo inicio fue un duro enfrentamiento con el tentador.

Podemos preguntarnos qué valor y qué sentido tiene para nosotros, los cristianos, privarnos de algo que en sí mismo sería bueno y útil para nuestro sustento. Las Sagradas Escrituras y toda la tradición cristiana enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a él. Por esto, en la historia de la salvación encontramos en más de una ocasión la invitación a ayunar. Ya en las primeras páginas de la Sagrada Escritura el Señor impone al hombre que se abstenga de consumir el fruto prohibido: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio” (Gn 2, 16-17). Comentando la orden divina, San Basilio observa que “el ayuno ya existía en el paraíso”, y “la primera orden en este sentido fue dada a Adán”. Por lo tanto, concluye: “El ‘no debes comer’ es, pues, la ley del ayuno y de la abstinencia” (cfr. Sermo de jejunio: PG 31, 163, 98). Puesto que el pecado y sus consecuencias nos oprimen a todos, el ayuno se nos ofrece como un medio para recuperar la amistad con el Señor. Es lo que hizo Esdras antes de su viaje de vuelta desde el exilio a la Tierra Prometida, invitando al pueblo reunido a ayunar “para humillarnos —dijo— delante de nuestro Dios” (8,21). El Todopoderoso escuchó su oración y aseguró su favor y su protección. Lo mismo hicieron los habitantes de Nínive que, sensibles al llamamiento de Jonás a que se arrepintieran, proclamaron, como testimonio de su sinceridad, un ayuno diciendo: “A ver si Dios se arrepiente y se compadece, se aplaca el ardor de su ira y no perecemos” (3,9). También en esa ocasión Dios vio sus obras y les perdonó.


En el Nuevo Testamento, Jesús indica la razón profunda del ayuno, estigmatizando la actitud de los fariseos, que observaban escrupulosamente las prescripciones que imponía la ley, pero su corazón estaba lejos de Dios. El verdadero ayuno, repite en otra ocasión el divino Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que “ve en lo secreto y te recompensará” (Mt 6,18). Él mismo nos da ejemplo al responder a Satanás, al término de los 40 días pasados en el desierto, que “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). El verdadero ayuno, por consiguiente, tiene como finalidad comer el “alimento verdadero”, que es hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34). Si, por lo tanto, Adán desobedeció la orden del Señor de “no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal”, con el ayuno el creyente desea someterse humildemente a Dios, confiando en su bondad y misericordia.


La práctica del ayuno está muy presente en la primera comunidad cristiana (cfr. Hch 13,3; 14,22; 27,21; 2Co 6,5). También los Padres de la Iglesia hablan de la fuerza del ayuno, capaz de frenar el pecado, reprimir los deseos del “viejo Adán” y abrir en el corazón del creyente el camino hacia Dios. El ayuno es, además, una práctica recurrente y recomendada por los santos de todas las épocas. Escribe San Pedro Crisólogo: “El ayuno es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le súplica” (Sermo 43: PL 52, 320, 332).


En nuestros días, parece que la práctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido más bien, en una cultura marcada por la búsqueda del bienestar material, el valor de una medida terapéutica para el cuidado del propio cuerpo. Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una “terapia” para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios. En la Constitución apostólica Pænitemini de 1966, el Siervo de Dios Pablo VI identificaba la necesidad de colocar el ayuno en el contexto de la llamada a todo cristiano a no “vivir para sí mismo, sino para aquél que lo amó y se entregó por él y a vivir también para los hermanos” (cfr. Cap. I). La Cuaresma podría ser una buena ocasión para retomar las normas contenidas en la citada Constitución apostólica, valorizando el significado auténtico y perenne de esta antigua práctica penitencial, que puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento de la nueva ley y compendio de todo el Evangelio (cfr. Mt 22,34-40).


La práctica fiel del ayuno contribuye, además, a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola a evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Señor. San Agustín, que conocía bien sus propias inclinaciones negativas y las definía “retorcidísima y enredadísima complicación de nudos” (Confesiones, II, 10.18), en su tratado La utilidad del ayuno, escribía: “Yo sufro, es verdad, para que Él me perdone; yo me castigo para que Él me socorra, para que yo sea agradable a sus ojos, para gustar su dulzura” (Sermo 400, 3, 3: PL 40, 708). Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios.


Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos. En su Primera carta San Juan nos pone en guardia: “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (3,17). Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se inclina y socorre al hermano que sufre (cfr. Enc. Deus caritas est, 15). Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño. Precisamente para mantener viva esta actitud de acogida y atención hacia los hermanos, animo a las parroquias y demás comunidades a intensificar durante la Cuaresma la práctica del ayuno personal y comunitario, cuidando asimismo la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la limosna. Este fue, desde el principio, el estilo de la comunidad cristiana, en la que se hacían colectas especiales (cfr. 2Co 8-9; Rm 15, 25-27), y se invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias al ayuno, se había recogido (cfr. Didascalia Ap., V, 20,18). También hoy hay que redescubrir esta práctica y promoverla, especialmente durante el tiempo litúrgico cuaresmal.


Lo que he dicho muestra con gran claridad que el ayuno representa una práctica ascética importante, un arma espiritual para luchar contra cualquier posible apego desordenado a nosotros mismos. Privarnos por voluntad propia del placer del alimento y de otros bienes materiales, ayuda al discípulo de Cristo a controlar los apetitos de la naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos efectos negativos afectan a toda la personalidad humana. Oportunamente, un antiguo himno litúrgico cuaresmal exhorta: “Utamur ergo parcius, / verbis, cibis et potibus, / somno, iocis et arctius / perstemus in custodia – Usemos de manera más sobria las palabras, los alimentos y bebidas, el sueño y los juegos, y permanezcamos vigilantes, con mayor atención”.


Queridos hermanos y hermanas, bien mirado el ayuno tiene como último fin ayudarnos a cada uno de nosotros, como escribía el Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II, a hacer don total de uno mismo a Dios (cfr. Enc. Veritatis Splendor, 21). Por lo tanto, que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical. Con esta disposición interior entremos en el clima penitencial de la Cuaresma. Que nos acompañe la Beata Virgen María, Causa nostræ laetitiæ, y nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en “tabernáculo viviente de Dios”. Con este deseo, asegurando mis oraciones para que cada creyente y cada comunidad eclesial recorra un provechoso itinerario cuaresmal, os imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.

Vaticano, 11 de diciembre de 2008

BENEDICTUS PP. XVI

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana

Domingo 15 de febrero de 2009

viernes, 13 de febrero de 2009
“¡Sí quiero: queda limpio!”
“Sean, pues, imitadores míos, como yo lo soy de Cristo”

Iº lectura: Lev 13, 1-2.44-46; Salmo: 31; IIº lectura: I Cor 10, 31-11, 1; Evangelio: Mc 1, 40-45

La enfermedad, vista como castigo, maldición divina, consecuencia del pecado personal o de la familia en la tradición judía, deja entrever lo que significa la plenitud del amor que se da en Jesús. Un encuentro muy significativo que engloba el tema de este domingo: “si quieres puedes curarme”. El leproso que se acerca a Jesús tendrá en su mente y en su corazón el deseo de salir de esa situación en la que se encuentra para vivir de manera diferente.

El testimonio, signo de purificación
El maestro envía al hombre apenas curado a presentarse ante el sacerdote para que cumpla con lo prescrito. Es una consecuencia de lo que se acaba de realizar: dar testimonio de lo que Jesús puede hacer para que vivamos y estemos bien. En este sentido, debemos reconocer cada vez más la importancia que tiene la evangelización como testimonio y transmisión de la fe enuciotre de los pobres y excluidos. Muchos hablan actualmente de ese tema, muchos se consideran “salvadores” de aquellos que están necesitados y olvidan que lo fundamental es el corazón de ese hombre y esa mujer, que tienen dignidad ante la mirada misericordiosa de Jesús que les dice “quiero, queda limpio”. Él nos limpia, nos purifica, una vez nos toca y nos pide confiar en Él. Limpia el corazón, el alma, todo nuestro ser. Hace de nosotros instrumentos de paz para que junto a la limpieza, podamos albergar sentimientos de amor y de justicia, para con nosotros y los demás. Todos hemos sido limpiados, sanados, tocados por Jesús… ¿por qué nos empeñamos muchas veces a sentirnos autosuficientes? ¿por qué no dar el paso definitivo y nos abandonamos en las manos de Dios que repite en los labios de su Hijo: quiero que quedes limpio, quiero que ames a Dios, quiero que ames la Iglesia y el amor que de ella se extiende a todos? Hoy es un día propicio para ello: dejémonos tocar por Él, seamos testimonios vivientes de la purificación que realiza cada día en nosotros y con las palabras de San Pablo, hagamos todo para gloria de Dios…

María bendice nuestra vida
El camino de la fe, itinerario de purificación, es guiado por la figura maternal de nuestra madre del Cielo. Ella nos ayuda a purificarnos intercediendo ante Jesús por todos y cada uno de nosotros. La grandeza del amor está en aceptar con suma disponibilidad lo que Dios desea para nosotros, su santa voluntad. Solo así podremos, de la mano con María, ayudar a todos aquellos que lo necesiten.

Encomendamos de manera especial a todos los enfermos, colocándolos de manera especial en las manos de María Santísima, salud de los enfermos.
Así sea.

P. José Lucio León Duque
joselucio70@gmail.com

Vº Domingo del Tiempo Ordinario

viernes, 6 de febrero de 2009
“Todo el mundo te busca”
“El Señor sostiene a los humildes, humilla hasta el polvo a los malvados”

Iº lectura: Job 7, 1-4.6-7; Salmo: 146; IIº lectura: Icor 9, 16-19.22-23; Evangelio: Mc 1,29-39

En la sociedad, en todos y cada uno de los espacios en los cuales nos desenvolvemos, es necesario darnos cuenta que en todo y para todo, la ayuda de Dios es lo que nos guía y nos da la posibilidad de sentirnos hijos suyos, verdaderos cristianos. El principio de libertad es lo que, entre otras cosas, nos permite buscar y encontrar la vida en Dios, la presencia de Cristo, la participación en la Iglesia como miembros suyos que somos. Este domingo se nos proponen mensajes claros y precisos: debemos acudir a Dios, dejarnos ayudar por Él, confiar en su amor, predicar el Evangelio y algo tan importante: buscarlo sin cesar.

“Ay de mí si no anuncio el Evangelio”
El camino de la paz, de la justicia y del amor se logra a través del anuncio del Evangelio. La actualidad necesita ser encuadrada en el marco de la fe y de la comprensión. Quien se considere cristiano debe tomar en sus manos y disponer su corazón para la acción misericordiosa de Dios. A pesar de las amarguras, de los problemas, de las vicisitudes, de los lamentos, Dios es la vía a seguir y la ayuda a salir adelante. ¡Cuántas palabras!, ¡cuántos discursos!...muchos de ellos ante la Palabra de vida que Jesús nos da, son efímeros y sin sentido. La palabra de Jesús sana, libera, purifica y estimula para caminar junto a Él como testigos de lo que con su ejemplo, nos enseña y nos da. La acción de Jesús es fuente de vida, es quien nos toma de la mano como a la suegra de Pedro y hace de nosotros hombres y mujeres nuevos, decididos a servirle y fieles a lo que su palabra nos propone. La presencia de Jesús sobrepasa la actitud egoísta de quienes olvidan que a su alrededor existen necesidades, personas que tienen vacíos sociales y espirituales, familias que buscan soluciones a los problemas presentes, pobres y excluidos que aún esperan respuesta de quienes pueden dar una mano sin condiciones ni pretensiones. La evangelización forma parte de todo esto y en este camino en el cual todos nosotros, como discípulos de Jesús que somos, estamos llamados a seguir sin desfallecer. Hoy, en este momento, Jesús te toma de la mano, te levanta y cura tu alma, nuestras almas, y nos hace sentir la esperanza que es parte fundamental en la vida del cristiano para poder seguir adelante…

María Santísima mantiene viva la esperanza del cristiano
Nuestra madre del cielo proporciona a cada uno de sus hijos el modo para caminar en pro de la paz y de la justicia. Seamos seguidores de la verdad y de la paz. No nos dejemos intimidar por los problemas que puedan dividir la sociedad, sino que aferrados al amor maternal de María del Táchira, podamos extender un reino de tranquilidad en medio de las vicisitudes que se puedan presentar. Así sea…

P. José Lucio León Duque
joselucio@gmail.com